Creo en El Don. Él que se las sabe de todas… todas. El dueño de “El cielo”, un bar muy popis que está en la planta alta de una pulquería que se llama “La Purga”. Los clientes de esta, son dones que esperan a que el bar de arriba los deje entrar.
Don Pepe, el de la carpintería, dice que Chuyín es su hijo. Doña María, su esposa y jefa de Chuyín, juraba y perjuraba que era virgen cuando se embarazó. Nadie le creyó. La gente dice que le ponía el cuerno a su esposo con un bato al que le apodaban “el Palomo”. Dicen también que varias veces lo vieron salir de casa de Doña María mientras su esposo chambiaba. El caso es que nadie entiende que chingados pasó ni quien es el verdadero jefe de Chuyín.
Yo digo que el papá chido es El Don. Ese cabrón anda en todo.
Vaya que le sufrió ese chamaco en tiempos en los que Poncho, el del Pilates, era el chicho de la cuadra. Tenía a sus compas los “Cóstoles 12” con quien la rolaba todos los días echando choro a la gente que se encontraba en las calles. Jamás soltó la neta cuando sus compas le preguntaban si tenía bisnes con La Malena. Chuyín nomás se sonrojaba y, como era costumbre cuando alguien le soltaba una pregunta, contestaba con otra pregunta. Don Poncho el del Pilates se hizo de la vista gorda cuando se enteró que un compa de Chuyín le volteó la tortilla y lo entregó a los del barrio enemigo. Pobre Chuyín. Fue su última peda. Le pusieron una guamiza tan fea que lo aventaron allá tras la loma bien petatiado. Su jefa, Doña María, nomás chillaba de tristeza.
También dicen que resucitó a los tres días. A mi se me hace que no le pusieron bien sus trancazos y que se curó en la parranda. Y si la creo, ese Chuyín, de donde juera sacaba vino pa la banda.
Dicen también que lo vieron en el teibol “El inferno”. Quesque fue a rescatar a Lázaro, un compa suyo de mucho billelle. Las pinches viejas no le dejaban llevárselo, pero a Chuyín le valió madres y salió de ahí cargando a Lázaro en sus hombros. Quien lo viera… si le funcionó cargar tablas en la carpintería de su jefe.
Luego se juntó con sus compas los “Còstoles 11” (Se cambiaron el nombre desde que el traicionero se abrió de la banda) pa darles palabras de aliviane. De esos choros mareadores que dan en alcohólicos anónimos. Se despidió y todos vieron como subió a “El Cielo” mientras les decía unas palabras bien acá: No se manchen entre ustedes.
Y desde que el Don, su papá, le puso una mesa “vi-ay-pi” donde podrían aventarse su trip forever chido, nadie ha visto que Chuyín baje a cotorrear con la banda.
jueves, 17 de noviembre de 2016
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Pijuje
Después sonreír como la gente sonríe
mientras le cantan las mañanitas y soplar las once velas clavadas en el pastel,
mis amigos y mis papás gritaron repetidas veces el coro típico de cualquier
cumpleaños ¡Que le muerda! Yo no quería llenar mi nariz de betún ni al pastel
de mocos pero, a pesar de mi resistencia, mi cara fue restregada a la “S” de
Superman que el pastelero había dibujado con muy buen pulso. En las fotografías
que mis padres conservan de ese momento, parezco un pequeño monstro de azúcar con
la cara derretida. Mis amigos carcajearon mientras mi tía limpiaba mi cara con
un pañuelo.
Por fin llegó el momento de abrir
los regalos. Mi favorito. Corrí hacia la sala y abrí el más grande. Una pelota
gigante como las que aparecen en la televisión. Uno se sienta en ella y se
aferra a la agarradera para rebotar por la calle. Luego un balón, luego un
poster de Superman, luego un casete con música cristiana para niños (Sin duda, regalo
de mi tía Adriana), etc. Estaba contento. Recibí muchos juguetes.
Tomé el balón y antes de salir
corriendo al parque para estrenarlo con mis amigos, mi mamá me avisó que me
faltaba un último regalo por abrir. Preguntó a los invitados quien lo había
llevado a la fiesta pero nadie respondió. Seguro por la pena de haberlo
envuelto en periódico viejo. La verdad, por su aspecto tan simple pensé en
abrirlo después de jugar futbol, pero mi mamá insistió en no ser descortés frente
a todos los invitados. Le di el balón a mi amigo Miguel (quien salió corriendo
con el resto de mis amigos mientras organizaban los equipos) desgarré el papel
y lo que encontré adentro cambió mi vida. ¡Un Pijuje!. La gente susurró ¿Una
piedra?, pero no. Era un Pijuje.
Yo no sabía aún que ese era su nombre. Estaba vivo. Estiraba sus brazos pidiendo que lo cargara. Le obedecí. En cuanto lo puse en mi mano izquierda, se metió por la manga, salió por el cuello y empezó a chupar el resto de betún que aún tenía en mi nariz. Grité asustado. Su pequeña lengua me hacía cosquillas, mi madre me miraba con cara de “déjate de payasadas y quítate esa piedra de la nariz”, lo tomé con fuerza y lo lancé a la pared. No fue mi intención estrellar el retrato de mis padres en Venecia. Pijuje desapareció ¡Perdón! ¡No vuelve a suceder! Así es muchachito, no volverá a suceder y, aunque sea tu cumpleaños, esta noche te vas a cama sin cenar. No le importó reprenderme frente a todos. Mi madre no supo que mis disculpas no eran para ella sino para Pijuje.
Por buscarlo debajo de los sillones, dentro del excusado, en los cajones de mi madre y entre las muñecas de mi hermana, me olvidé de jugar con mis amigos en el parque. Mi madre estaba furiosa por mi comportamiento y por haber roto su cuadro. Los invitados se fueron y, como castigo, me mandó a recoger el regadero de envoltorios que quedó en la sala. Entre platos de pastel, globos desinflados, un dardo y confeti, encontré la caja que había sido envuelta en periódico. Un papel viejo, amarillento y cansado de tantos dobleces estaba el fondo.
Para niños de 11 a 12 años de edad.
Número de jugadores: 1.
Instrucciones para convivir con un Pijuje:
1- Piezas. Comprobar que Pijuje cuente con todos los tramos de su cuerpo bien colocados. En caso de que alguna pieza no esté presente, pregúntele donde la perdió y pídale que vaya a buscarla.
2- Orejas. Es posible que, debido al tiempo que Pijuje suele permanecer guardado, pequeñas pelusas se acumulen en sus orejas. Para limpiarlas es necesario convencer a Pijuje de recostarse en la mano izquierda del “jugador 1”, quien deberá cantar cualquier canción de cuna hasta que, de la boca de Pijuje, salgan letras “z” y floten hasta desvanecerse. En ese momento el “jugador 1” deberá pestañear tres veces con el párpado derecho y hacer una mueca recordando la comida que más le desagrade. En ese momento, las pelusas desaparecerán. Es importante quitar la basurita que pueda acumular en sus orejas pues pueden ocasionar que el Pijuje confunda palabras como pan y can, sopa y ropa, cama y rama, pelota y cucaracha.
3- Tracción y eje trasero. Se recomienda comprobar constantemente que las plantas de los pies del Pijuje no estén malgastadas. Esto podría ocasionarle dificultades al momento de escapar de algún gato que se lo quiera comer. Para dar más tracción a sus pies, se recomienda untar en sus plantas (En las del Pijuje, no en las del “jugador 1”) dos gotitas de miel de abeja. No es necesario limpiar con algodón el excedente. El mismo Pijuje lo lamerá.
4- Noches de sueño. Los Pijujes suelen ser muy escandalosos a la hora de dormir. Sus ronquidos son parecidos al sonido de una gotera sobre una cubeta de aluminio. Cuando tiene pesadillas sus ronquidos son tan desagradables como el sonido del gis que usan las maestras al escribir sobre un pizarrón. Si se desea atenuar sus ronquidos es necesario que el Pijuje duerma dentro de un calcetín usado por el “jugador 1”. Las medias futbol, después de un partido reñido y con más de tres goles (de preferencia, a favor del equipo del “jugador 1”), suelen garantizar semanas enteras de noches silenciosas.
5- Alimento. Un Pijuje suele buscar su propia comida: Cáscaras de nuez, orillas de alfombra, hojas de libros de matemáticas, manzana y suelas de zapatos. Cuidado: Los Pijujes suelen volverse locos al momento de detectar betún en las narices de los cumpleañeros que son obligados a morder su pastel. Evite llevarlo a fiestas de ese tipo.
6- Higiene y aseo. No hay manera de bañar un Pijuje. Ni lo intente.
7- Vigencia. Después de un año de convivencia (hasta que el “jugador 1” cumpla doce años de edad) la apariencia de Pijuje cambiará y el “jugador 1” lo verá como lo suelen ver todos los demás: como una piedra.
Guardé el papelito en una de las bolsas de mi pantalón. Puse toda la basura de la sala en el bote del patio y subí hambriento a mi cuarto (mi madre cumplió su promesa de mandarme a la cama sin cenar). Apagué la luz y me recosté. Estaba triste pues lastimé a Pijuje y rompí el portarretratos de mi mamá al mismo tiempo. Estaba a punto de dormir cuando alcancé a escuchar un sonido debajo de mi cama. Emocionado, brinqué, prendí la luz del cuarto, me hinqué y observé un plato con pastel. Una hoja de papel estaba a su lado. La tomé, me levanté para leerla a la luz del foco. Había sido escrito a mano con una ortografía que apenas pude entender: “Perdon por chupar tu naris me guzta mucho el pastel no lo buelbo a ser”. Sonreí, supe que el Pijuje tenía buenos sentimientos. Dejé el papel sobre mi cama y volví a agacharme para tomar el pastel que me había llevado el Pijuje, pero encontré otro papelito junto al él. Lo tomé, me levanté nuevamente para leerlo. La misma letra decía “a pero si no quierez pos me lo komo”. Volví a asomarme debajo del colchón. El plato había desaparecido. Había una tercer nota: “grasias. tava bien gûeno. asta mañana”
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Fui a la universidad, me casé y tuve un hijo que hoy cumple sus once años de edad. No le pude explicar a mi esposa por qué compré cinco pasteles extra para la fiesta y tres de libros de matemáticas idénticos al que ya tiene mi hijo en su mochila. También quité de las paredes todo portarretrato que teníamos colgado. Intentaré ser paciente el día en el que encuentre mis zapatos sin suelas, el salero lleno de arena, nuestro perro trasquilado, la palanca de velocidades embarrada de miel y travesuras del tipo que Pijuje y yo hacíamos, en la mejor época de mi vida, hace más de treinta años.
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