martes, 16 de mayo de 2017
Con olor a muerte - Tlatoani Robledo
Con olor a muerte- Tlatoani Robledo
Sus ojos eran un par de puntitos rojos, cansados y temblorosos, que en el negro de ese nuestro escondite, cargaban un viejo miedo. Ten mucho cuidado mijo. ¿De qué hablas mamá? Ese olor… Ese olor nuevamente. Los puntitos rojos se quedaron quietos, apuntando a la oscuridad, buscando los recuerdos que ella misma había guardado en el profundo de la penumbra. Tú y tus trece hermanos apenas tenían dos meses de haber nacido y, aunque aún no les salía bien todo su pelo, ya podían caminar y correr. Tu padre llegó con un pedazo enorme de pan que había encontrado en la entrada de nuestro hoyo y que apestaba a muerte, el mismo olor que ahora llega hasta mí. Yo le dije que olía feo, que mejor fuera a buscar otra cosa que comer, pero él estaba feliz y no me escuchó. Lo puso en el suelo para que tú y tus hermanos comieran.
Todos saltaron encima de él y no te dejaron probar ni una morusa. A los cinco minutos todos ellos chillaban de dolor, se revolcaban en el suelo y tu padre, que minutos antes elevaba el pecho y movía los bigotes, orgulloso de habernos traído un buen trozo de alimento, corría en sus cuatro patas entre tus hermanos intentando, con solo poner su hocico en la frente del que más cerca tenía, calmar su dolor. ¡Te dije! ¡Te dije que olía raro! Corría de un grito a otro más fuerte. Pedía perdón al aire, luego a mí, y de nuevo a tus hermanos mientras, ellos, uno a uno, se empezaban a quedar quietecitos. Calladitos para morir. Algunos aún gemían como un globo al que alguien había pinchado y que vuela rápido y que desorientado cae desinflado al suelo y que, con el poco aire que le queda, exhala algo que ni el silencio lograría escuchar. Luego yo también quise revolcarme, pero de tristeza. Y luego te vi inocente, sano y con tu hocico libre de olor a muerte.
Tu padre salió llorando de nuestro hoyo. Gritaba vergüenzas. Que había envenenado a sus propios hijos. Se arrancaba pelos de si cuello y de sus patas.. Me dejó con tus hermanitos tirados por todo el suelo.
Tu tía, al verme débil y al verte tan pequeño, se propuso a llevar ella misma los cuerpecitos al jardín. Mordió la cola del primero, lo arrastró a la entrada del hoyo, volteó para ambos lados y corrió apenas un par de metros antes de ser atrapada por Viernes. Los puntitos rojos de mi madre brincaron como si hubiera reventado una ligua invisible que la jalaba a más recuerdos que atesoraba en el fondo de aquella sombra en la que vivíamos. Me miró como hace mucho no lo hacía, como a punto de regañarme. No quiero que comas nada que encuentres dentro de esta casa. Ni un pan debajo del sillón, ni queso debajo de la estufa ni galletas en las escaleras. Todo es una trampa.
Luego me habló de lo valiente que era mi padre y de aquella vez que enfrentó a Viernes. Es una anécdota que yo ya sabía pues él se había convertido en leyenda y estaba en boca de todos. Dicen que el gato lo encontró rasgando un empaque de papel higiénico dentro de un baño. Mi papá, en vez de correr espantado al ver su presencia, como cualquier otra rata lo hubiera hecho, le enfrentó y lo corrió y le dijo que si lo volvía a ver cerca de nosotros, su familia, lo iba a matar. Viernes se le acercó despacio y altanero. Tu a mi no me dices que hacer. Te mataré a ti y a todos los tuyos. Mi papá saltó sobre la cara del felino, le mordió un párpado y brincó para evitar el zarpazo que Viernes le había dirigido. Dicen, los que lo vieron, que mi padre cayó en sus cuatro patas y sin perder coraje le volvió a advertir: Si te vuelvo a ver cerca de mi familia, te mato. Es la segunda vez que te lo digo. Viernes retrocedió y se marchó
Disfruté mucho la anécdota. Aunque estábamos a oscuras, yo sabía, por el tono de sus palabras, que mi madre sonreía al acordarse de esos días. Me platicó que siempre fuimos enemigos de las cucarachas. Que son una plaga. Que entre todos los bichos y roedores, son las que dan más asco. Que la buena relación que teníamos con los grillos se rompió hace años cuando mi madre, en un ataque de hambre, se comió a la mitad de ellos. Que, del otro lado de la casa, debajo de los baños principales, viven mis primos. Ya solo quedan cuatro. Viernes ha acabado con la mayoría de nosotros. Le pregunté qué había pasado con mi papá. Cerró los ojos, como evitando que de la oscuridad de sus recuerdos la jalara otra liga invisible. Me dijo que andaba en algún lugar de la casa, escondiéndose del terror de la vergüenza. Que lo han visto merodeando por la cochera entre llantas y thiner. Que también estaba viejo y que ella lo extrañaba con toda el alma. Un relámpago iluminó nuestras caras. Un trueno hizo temblar la gota al borde de uno de sus ojos y la lluvia cayó. El agua comenzó a navegar entre nuestras patas y nos quedamos en silencio. A las ratas también nos da miedo la oscuridad y los relámpagos. El sonido de la lluvia ya no era más afuera que adentro. Goteras y riachuelos hacían su propio ruido. Mi madre, como pudo, se puso de pie. Le duelen mucho las patas traseras y ya no tiene dientes. Es muy lenta y ya solo come bichos que le quedan cerca. Nos comenzamos a inundar. Si no salíamos del hoyo moriríamos ahogados. Mi madre, de nuevo como pudo, corrió a la salida y yo la seguí. Un trueno iluminó la sala y le dije que me siguiera. Teníamos que encontrar un lugar libre de agua. Fui a las escaleras, brinqué el primer escalón, volteé para ayudar a mi madre a subir conmigo y otro relámpago iluminó a Viernes caminando hacia mi. De su hocico colgaba ella, sin vida. Parecía tener un pacto con el diablo pues, cada que daba un paso hacia mi, un relámpago iluminaba su rostro.
Mi madre había muerto. Ella que me cuidó toda la vida. Que, cada que yo salía a buscar comida, rogaba a Dios para que me cuidara y no me pasara nada malo. Mi mamita. Viernes hizo que otro relámpago iluminara mi cara para disfrutar al verme llorando. Lástima que tu papá no está aquí para ver esto. Me hubiera encantado ver su cara mientras mastico a su esposa y a su hijo. Caminé hacia atrás y tropecé. El miedo me paralizó. Pensé en mi papá y en lo valiente que fue. Me puse de pie y pensé en que, si no lo iba a enfrentar, por lo menos no me iba a quedar sentado a esperar que me comiera. Subí rápido las escaleras. De reojo vi que escupió a mi madre, sonrió y se abalanzó a mi caza. Fui más rápido que él y logré llegar a un cuarto lleno de cajas, libros y muebles sin usar.
Me escondí fácilmente en la parte alta de una cortina. El sonido de la lluvia fue más bajo y en cuestión de minutos, las nubes se habían ido para permitir que la luna iluminara de nuevo a través de la ventana. Viernes no apareció. Dormí.
Me despertó un quejido de dolor. No era mío. Aún no amanecía. Provenía desde la esquina de la habitación. Bajé y el olor a muerte, ese del que hablaba mi madre, llegó a mi nariz. Seguí su rastro en el aire y lo encontré. Un pedazo de pan tostado al que alguien le untó una crema amarillezca. Y si, olía a muerte.
Lo pensé. Juro que lo pensé.
Mis hermanos muertos, mi mamá muerta. Mi papá, seguramente, también. Me quedaban mis primos pero a ellos ni los conocía. Claro que pasó por mi mente matarme en ese instante. Aunque doliera. Acerqué mi nariz al pan y, a pesar del olor de la muerte, recordé que tenía hambre. Y abrí la boca un poquito y una voz me detuvo. Hijo. El hambre desapareció y me paré vertical. Volteé a mi derecha y ahí estaba. Acostado bocabajo sobre una tabla y con las patas traseras prensadas a ella. Las manos de sus patas delanteras ya no existían. Al haber estado tanto tiempo atrapado y al no tener alimento cerca, se las había comido el mismo.
Me acerqué con la intensión de levantar aquel fierro que prensaba sus patas. Me detuvo. Me dijo que sería doloroso e inútil, que el daño estaba hecho. Comenzó a llorar y a balbucear y a pedirme perdón y a preguntarme por mi mamá. Pensé en mentirle pero, si ya estaba a punto de morir, merecía la verdad. Le dije que Viernes acababa de matarla y lloró más. Hizo un escándalo. Le pedí que se calmara pues iba a llamar la atención de aquel gato.
Dicho y hecho. La luz de la luna iluminó a Viernes entrando a la habitación. Nos vio enseguida. Sonrió como demente y sus colmillos brillaron como perlas. ¡Pero que sorpresa! Papá e hijo. Al parecer mi fantasía está por cumplirse. Tú, rata insolente y vieja, verás cómo devoro a tu hijo. Por cierto, tu esposa sabía muy bien. Mi papá puso los muñones en su rostro para retener las lágrimas que aún le quedaban. Tranquilo papá, no puede llegar hasta aquí. Era cierto, estábamos en la esquina de la habitación desde la que salió el quejido que escuché cuando dormía en la cortina. Viernes se sentó a esperar. Sabía que no podíamos estar ahí por siempre. Mi papá se desmayó. Preferí que hubiera muerto. No podíamos salir vivos de ahí.
Tomé el pan tostado, partí un cachito y lo solté frente a la nariz de mi papá. No sé si fue el aroma del pan o el olor de la muerte, pero despertó enseguida. Los ojos le saltaron de la emoción. No había comido nada en días. Lo acercó a su hocico con el pedazo de carne que tenía en su muñeca y me miró. Con un ojo lo hacía con tristeza, porque sabía que el veneno lo retorcería en unos minutos. Con el otro me miró con agradecimiento, porque sabía que por fin iba a poder descansar. Miró el pedazo de pan y lo mordió con la intención de disfrutarlo.
Me acosté junto a él para reconfortarlo en cuanto llegaran los dolores, pero se durmió. Ni se despidió ni nada. Solo se murió.
Me puse en cuatro patas y caminé hacia el resto del pan. Viernes ya dormía. Podría correr y con un poco de suerte, escapar de la habitación. Pero ¿Para qué? ¿Seguir vivo? ¿Seguir en esta existencia macabra donde para vivir hay que matar? ¿Qué mente tan retorcida puso estas reglas? Viernes, por su naturaleza, me seguiría buscando. A mí y a mis primos. Algún día lo lograría y sería feliz. Yo no soy tan valiente como mi papá.
Tomé el pan y me acerqué a Viernes con cuidado de no despertarlo. En un movimiento rápido devoré lo más que pude. El sonido de mis dientes y mordidas crujientes despertaron al gato, brincó y cayó en cuatro patas frente a mí. Me di prisa, me enfoqué en lamer directo el veneno. Lanzó un golpe preciso que me tumbó de inmediato.
Caí mareado y, aunque hubiera podido, no me quise parar. Sus pupilas verticales cortaban al mirarme y la saliva cayó de su hocico mojando mi panza. Perdón, es que se me hace agua la boca. Encajó un colmillo en mi costado y el dolor que sufrí me dio esperanzas pues supe que no fue causado al ser atravesado por esa perla puntiaguda. Otra mordida en mi cuello y aún alcancé a escuchar el tronar mis huesos. Así que a esto huele la muerte. Dibujé una sonrisa que Viernes no vio y cerré los ojos esperando que el veneno que llevaba dentro, también le causara efecto.
martes, 13 de diciembre de 2016
¿Dónde están las hormigas que no maté cuando era niño?
Cuando era pequeño, antes del divorcio, mi papá llegó cansado a casa. Mi madre cocinaba algo con buen aroma mientras él se dejó caer en el sillón. Me le trepé con la alegría del niño que no ha visto a su padre en todo el día. Cerró los ojos. No se movió por varios minutos. Le grité a mi mamá para avisarle que mi papá había muerto. Ella sonrío y me dijo que estaba jugando. Volteé entonces a verlo. Le pedí con voz bajita que abriera sus ojos, que no bromeara, que respirara, pero no se movía. Le grité de nuevo a mi madre, lloré y lo golpeé hasta que lo reviví. Se carcajeó y me abrazó. Él solo deseaba descansar la vista.
Años después, conocí a Isabel. Un día, cuando ya éramos novios, caminábamos en un parque. Sin querer pisé una hilera de hormigas que cargaban hojas amarillas que habían mordisqueado de algún árbol. Me regañó ¡Son seres vivos! Pedí disculpas (no a las hormigas, sino a ella). Volteé al suelo y vi que si me había echado a unas quince de ellas. Las sobrevivientes corrían despavoridas. Supongo también gritaban. Lejos y quedito para mis oídos, pero gritaban. Haz hecho que pierdan el camino, me dijo. Tardarán poco en organizarse de nuevo, pero ten más cuidado de donde pisas para la próxima. Si supiera que de niño jugaba con mi vecino a patear hormigueros, a brincar encima de ellas y a seguirlas con una lupa para achicharrarlas con la luz del sol.
Nos casamos tres años después. Todos los domingos jugábamos al maniquí. Me despertaba dándome dos empujones con su rodilla. Yo abría los ojos para encontrarla tiesa, aguantándose la risa. Le picaba con mis dedos su panza, apretaba sus cachetes, estiraba sus orejas, pellizcaba sus pezones y ella, quieta. Se quería reír pero se aguantaba. Ya cuando de plano no lograba desconcentrarla, usaba técnicas más radicales como mojar mi dedo con saliva y meterlo en una de sus orejas. Con eso lograba, por lo menos, hacer que su cara forzara una mueca. Luego tapaba su nariz con mis dedos. A ver mi maniquí, veamos cuanto aguantas sin respirar. Nomás abría poquito su boca para agarrar aire y seguir en su papel. Cuando de plano los dos queríamos terminar con el juego, mis labios se acercaban a los suyos causando cosquillas con mis bigotes. Solo así abría los ojos.
A los siete años de casados compré en el metro una revista sobre astronomía. La leí camino a casa. Isabel me esperaba para cenar. Mientras iba y venía, trayendo del comal a la mesa tortillas calientes, le conté lo fascinado que estaba con los artículos que había leído en la revista. Le platiqué la cantidad de años que habían pasado desde el Big Bang hasta ahora, las distancias entre planetas y los tamaños que logran algunas estrellas. Entonces me dijo ¿Te has puesto a pensar que, de toda la materia que existe en el universo, todas las partículas que salieron disparadas de esa explosión, cada pedazo de este planeta, cada molécula de tu cuerpo y del mío estuvieron presentes en ese momento? Eso significa que tú y yo (por lo menos, en forma de partículas) siempre estuvimos cerca. Esa noche dormimos tarde y nos prometimos nunca morir.
Llegaron los paramédicos. Si no me mató un accidente de carretera, menos lo hará un cigarro. El joven que manejaba detrás de mí, el que llamó a la ambulancia, el que me ayudó a salir del auto, me abrazaba de lado. Entendió mi comentario un poco tarde, apartó su brazo y sacó una cajetilla de su pantalón. Me acercó los cigarros viéndome, como mira una madre a su hijo después de tropezar, esperando el momento en el que rompiera en llanto.
Apestaba a alcohol, no él sino yo. Me invitó a tomar asiento pero mis rodillas no se doblaban. Di una bocanada. Juro que el humo jamás salió de mi cuerpo.
Al verla ahí, a un metro de mí, tirada junto al coche abollado, tiesa como un maniquí, tuve el tonto impulso de picarle la panza a ver si se dejaba de bromas. Gotitas de sangre salían de su boca. No respiraba. Quise gritarle a mi mamá y decirle que mi esposa estaba muerta. Que me dijera tranquilamente que solo estaba descansando un poco la vista. Me dio pena pensar que esas cosas del Big Bang ya no eran tan tiernas. Que un accidente en carretera es igual de destructivo que una explosión de estrellas.
¿Dónde están ahora esas hormigas que no maté cuando era niño? ¿Porque no vienen a quitarle a Isabel, la mujer que las defendió de mí, las ramas y hojas secas enredadas en su pelo?
Años después, conocí a Isabel. Un día, cuando ya éramos novios, caminábamos en un parque. Sin querer pisé una hilera de hormigas que cargaban hojas amarillas que habían mordisqueado de algún árbol. Me regañó ¡Son seres vivos! Pedí disculpas (no a las hormigas, sino a ella). Volteé al suelo y vi que si me había echado a unas quince de ellas. Las sobrevivientes corrían despavoridas. Supongo también gritaban. Lejos y quedito para mis oídos, pero gritaban. Haz hecho que pierdan el camino, me dijo. Tardarán poco en organizarse de nuevo, pero ten más cuidado de donde pisas para la próxima. Si supiera que de niño jugaba con mi vecino a patear hormigueros, a brincar encima de ellas y a seguirlas con una lupa para achicharrarlas con la luz del sol.
Nos casamos tres años después. Todos los domingos jugábamos al maniquí. Me despertaba dándome dos empujones con su rodilla. Yo abría los ojos para encontrarla tiesa, aguantándose la risa. Le picaba con mis dedos su panza, apretaba sus cachetes, estiraba sus orejas, pellizcaba sus pezones y ella, quieta. Se quería reír pero se aguantaba. Ya cuando de plano no lograba desconcentrarla, usaba técnicas más radicales como mojar mi dedo con saliva y meterlo en una de sus orejas. Con eso lograba, por lo menos, hacer que su cara forzara una mueca. Luego tapaba su nariz con mis dedos. A ver mi maniquí, veamos cuanto aguantas sin respirar. Nomás abría poquito su boca para agarrar aire y seguir en su papel. Cuando de plano los dos queríamos terminar con el juego, mis labios se acercaban a los suyos causando cosquillas con mis bigotes. Solo así abría los ojos.
A los siete años de casados compré en el metro una revista sobre astronomía. La leí camino a casa. Isabel me esperaba para cenar. Mientras iba y venía, trayendo del comal a la mesa tortillas calientes, le conté lo fascinado que estaba con los artículos que había leído en la revista. Le platiqué la cantidad de años que habían pasado desde el Big Bang hasta ahora, las distancias entre planetas y los tamaños que logran algunas estrellas. Entonces me dijo ¿Te has puesto a pensar que, de toda la materia que existe en el universo, todas las partículas que salieron disparadas de esa explosión, cada pedazo de este planeta, cada molécula de tu cuerpo y del mío estuvieron presentes en ese momento? Eso significa que tú y yo (por lo menos, en forma de partículas) siempre estuvimos cerca. Esa noche dormimos tarde y nos prometimos nunca morir.
Llegaron los paramédicos. Si no me mató un accidente de carretera, menos lo hará un cigarro. El joven que manejaba detrás de mí, el que llamó a la ambulancia, el que me ayudó a salir del auto, me abrazaba de lado. Entendió mi comentario un poco tarde, apartó su brazo y sacó una cajetilla de su pantalón. Me acercó los cigarros viéndome, como mira una madre a su hijo después de tropezar, esperando el momento en el que rompiera en llanto.
Apestaba a alcohol, no él sino yo. Me invitó a tomar asiento pero mis rodillas no se doblaban. Di una bocanada. Juro que el humo jamás salió de mi cuerpo.
Al verla ahí, a un metro de mí, tirada junto al coche abollado, tiesa como un maniquí, tuve el tonto impulso de picarle la panza a ver si se dejaba de bromas. Gotitas de sangre salían de su boca. No respiraba. Quise gritarle a mi mamá y decirle que mi esposa estaba muerta. Que me dijera tranquilamente que solo estaba descansando un poco la vista. Me dio pena pensar que esas cosas del Big Bang ya no eran tan tiernas. Que un accidente en carretera es igual de destructivo que una explosión de estrellas.
¿Dónde están ahora esas hormigas que no maté cuando era niño? ¿Porque no vienen a quitarle a Isabel, la mujer que las defendió de mí, las ramas y hojas secas enredadas en su pelo?
jueves, 17 de noviembre de 2016
11: La historia de Chuyín y sus cóstoles
Creo en El Don. Él que se las sabe de todas… todas. El dueño de “El cielo”, un bar muy popis que está en la planta alta de una pulquería que se llama “La Purga”. Los clientes de esta, son dones que esperan a que el bar de arriba los deje entrar.
Don Pepe, el de la carpintería, dice que Chuyín es su hijo. Doña María, su esposa y jefa de Chuyín, juraba y perjuraba que era virgen cuando se embarazó. Nadie le creyó. La gente dice que le ponía el cuerno a su esposo con un bato al que le apodaban “el Palomo”. Dicen también que varias veces lo vieron salir de casa de Doña María mientras su esposo chambiaba. El caso es que nadie entiende que chingados pasó ni quien es el verdadero jefe de Chuyín.
Yo digo que el papá chido es El Don. Ese cabrón anda en todo.
Vaya que le sufrió ese chamaco en tiempos en los que Poncho, el del Pilates, era el chicho de la cuadra. Tenía a sus compas los “Cóstoles 12” con quien la rolaba todos los días echando choro a la gente que se encontraba en las calles. Jamás soltó la neta cuando sus compas le preguntaban si tenía bisnes con La Malena. Chuyín nomás se sonrojaba y, como era costumbre cuando alguien le soltaba una pregunta, contestaba con otra pregunta. Don Poncho el del Pilates se hizo de la vista gorda cuando se enteró que un compa de Chuyín le volteó la tortilla y lo entregó a los del barrio enemigo. Pobre Chuyín. Fue su última peda. Le pusieron una guamiza tan fea que lo aventaron allá tras la loma bien petatiado. Su jefa, Doña María, nomás chillaba de tristeza.
También dicen que resucitó a los tres días. A mi se me hace que no le pusieron bien sus trancazos y que se curó en la parranda. Y si la creo, ese Chuyín, de donde juera sacaba vino pa la banda.
Dicen también que lo vieron en el teibol “El inferno”. Quesque fue a rescatar a Lázaro, un compa suyo de mucho billelle. Las pinches viejas no le dejaban llevárselo, pero a Chuyín le valió madres y salió de ahí cargando a Lázaro en sus hombros. Quien lo viera… si le funcionó cargar tablas en la carpintería de su jefe.
Luego se juntó con sus compas los “Còstoles 11” (Se cambiaron el nombre desde que el traicionero se abrió de la banda) pa darles palabras de aliviane. De esos choros mareadores que dan en alcohólicos anónimos. Se despidió y todos vieron como subió a “El Cielo” mientras les decía unas palabras bien acá: No se manchen entre ustedes.
Y desde que el Don, su papá, le puso una mesa “vi-ay-pi” donde podrían aventarse su trip forever chido, nadie ha visto que Chuyín baje a cotorrear con la banda.
Don Pepe, el de la carpintería, dice que Chuyín es su hijo. Doña María, su esposa y jefa de Chuyín, juraba y perjuraba que era virgen cuando se embarazó. Nadie le creyó. La gente dice que le ponía el cuerno a su esposo con un bato al que le apodaban “el Palomo”. Dicen también que varias veces lo vieron salir de casa de Doña María mientras su esposo chambiaba. El caso es que nadie entiende que chingados pasó ni quien es el verdadero jefe de Chuyín.
Yo digo que el papá chido es El Don. Ese cabrón anda en todo.
Vaya que le sufrió ese chamaco en tiempos en los que Poncho, el del Pilates, era el chicho de la cuadra. Tenía a sus compas los “Cóstoles 12” con quien la rolaba todos los días echando choro a la gente que se encontraba en las calles. Jamás soltó la neta cuando sus compas le preguntaban si tenía bisnes con La Malena. Chuyín nomás se sonrojaba y, como era costumbre cuando alguien le soltaba una pregunta, contestaba con otra pregunta. Don Poncho el del Pilates se hizo de la vista gorda cuando se enteró que un compa de Chuyín le volteó la tortilla y lo entregó a los del barrio enemigo. Pobre Chuyín. Fue su última peda. Le pusieron una guamiza tan fea que lo aventaron allá tras la loma bien petatiado. Su jefa, Doña María, nomás chillaba de tristeza.
También dicen que resucitó a los tres días. A mi se me hace que no le pusieron bien sus trancazos y que se curó en la parranda. Y si la creo, ese Chuyín, de donde juera sacaba vino pa la banda.
Dicen también que lo vieron en el teibol “El inferno”. Quesque fue a rescatar a Lázaro, un compa suyo de mucho billelle. Las pinches viejas no le dejaban llevárselo, pero a Chuyín le valió madres y salió de ahí cargando a Lázaro en sus hombros. Quien lo viera… si le funcionó cargar tablas en la carpintería de su jefe.
Luego se juntó con sus compas los “Còstoles 11” (Se cambiaron el nombre desde que el traicionero se abrió de la banda) pa darles palabras de aliviane. De esos choros mareadores que dan en alcohólicos anónimos. Se despidió y todos vieron como subió a “El Cielo” mientras les decía unas palabras bien acá: No se manchen entre ustedes.
Y desde que el Don, su papá, le puso una mesa “vi-ay-pi” donde podrían aventarse su trip forever chido, nadie ha visto que Chuyín baje a cotorrear con la banda.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Pijuje
Después sonreír como la gente sonríe
mientras le cantan las mañanitas y soplar las once velas clavadas en el pastel,
mis amigos y mis papás gritaron repetidas veces el coro típico de cualquier
cumpleaños ¡Que le muerda! Yo no quería llenar mi nariz de betún ni al pastel
de mocos pero, a pesar de mi resistencia, mi cara fue restregada a la “S” de
Superman que el pastelero había dibujado con muy buen pulso. En las fotografías
que mis padres conservan de ese momento, parezco un pequeño monstro de azúcar con
la cara derretida. Mis amigos carcajearon mientras mi tía limpiaba mi cara con
un pañuelo.
Por fin llegó el momento de abrir
los regalos. Mi favorito. Corrí hacia la sala y abrí el más grande. Una pelota
gigante como las que aparecen en la televisión. Uno se sienta en ella y se
aferra a la agarradera para rebotar por la calle. Luego un balón, luego un
poster de Superman, luego un casete con música cristiana para niños (Sin duda, regalo
de mi tía Adriana), etc. Estaba contento. Recibí muchos juguetes.
Tomé el balón y antes de salir
corriendo al parque para estrenarlo con mis amigos, mi mamá me avisó que me
faltaba un último regalo por abrir. Preguntó a los invitados quien lo había
llevado a la fiesta pero nadie respondió. Seguro por la pena de haberlo
envuelto en periódico viejo. La verdad, por su aspecto tan simple pensé en
abrirlo después de jugar futbol, pero mi mamá insistió en no ser descortés frente
a todos los invitados. Le di el balón a mi amigo Miguel (quien salió corriendo
con el resto de mis amigos mientras organizaban los equipos) desgarré el papel
y lo que encontré adentro cambió mi vida. ¡Un Pijuje!. La gente susurró ¿Una
piedra?, pero no. Era un Pijuje.
Yo no sabía aún que ese era su nombre. Estaba vivo. Estiraba sus brazos pidiendo que lo cargara. Le obedecí. En cuanto lo puse en mi mano izquierda, se metió por la manga, salió por el cuello y empezó a chupar el resto de betún que aún tenía en mi nariz. Grité asustado. Su pequeña lengua me hacía cosquillas, mi madre me miraba con cara de “déjate de payasadas y quítate esa piedra de la nariz”, lo tomé con fuerza y lo lancé a la pared. No fue mi intención estrellar el retrato de mis padres en Venecia. Pijuje desapareció ¡Perdón! ¡No vuelve a suceder! Así es muchachito, no volverá a suceder y, aunque sea tu cumpleaños, esta noche te vas a cama sin cenar. No le importó reprenderme frente a todos. Mi madre no supo que mis disculpas no eran para ella sino para Pijuje.
Por buscarlo debajo de los sillones, dentro del excusado, en los cajones de mi madre y entre las muñecas de mi hermana, me olvidé de jugar con mis amigos en el parque. Mi madre estaba furiosa por mi comportamiento y por haber roto su cuadro. Los invitados se fueron y, como castigo, me mandó a recoger el regadero de envoltorios que quedó en la sala. Entre platos de pastel, globos desinflados, un dardo y confeti, encontré la caja que había sido envuelta en periódico. Un papel viejo, amarillento y cansado de tantos dobleces estaba el fondo.
Para niños de 11 a 12 años de edad.
Número de jugadores: 1.
Instrucciones para convivir con un Pijuje:
1- Piezas. Comprobar que Pijuje cuente con todos los tramos de su cuerpo bien colocados. En caso de que alguna pieza no esté presente, pregúntele donde la perdió y pídale que vaya a buscarla.
2- Orejas. Es posible que, debido al tiempo que Pijuje suele permanecer guardado, pequeñas pelusas se acumulen en sus orejas. Para limpiarlas es necesario convencer a Pijuje de recostarse en la mano izquierda del “jugador 1”, quien deberá cantar cualquier canción de cuna hasta que, de la boca de Pijuje, salgan letras “z” y floten hasta desvanecerse. En ese momento el “jugador 1” deberá pestañear tres veces con el párpado derecho y hacer una mueca recordando la comida que más le desagrade. En ese momento, las pelusas desaparecerán. Es importante quitar la basurita que pueda acumular en sus orejas pues pueden ocasionar que el Pijuje confunda palabras como pan y can, sopa y ropa, cama y rama, pelota y cucaracha.
3- Tracción y eje trasero. Se recomienda comprobar constantemente que las plantas de los pies del Pijuje no estén malgastadas. Esto podría ocasionarle dificultades al momento de escapar de algún gato que se lo quiera comer. Para dar más tracción a sus pies, se recomienda untar en sus plantas (En las del Pijuje, no en las del “jugador 1”) dos gotitas de miel de abeja. No es necesario limpiar con algodón el excedente. El mismo Pijuje lo lamerá.
4- Noches de sueño. Los Pijujes suelen ser muy escandalosos a la hora de dormir. Sus ronquidos son parecidos al sonido de una gotera sobre una cubeta de aluminio. Cuando tiene pesadillas sus ronquidos son tan desagradables como el sonido del gis que usan las maestras al escribir sobre un pizarrón. Si se desea atenuar sus ronquidos es necesario que el Pijuje duerma dentro de un calcetín usado por el “jugador 1”. Las medias futbol, después de un partido reñido y con más de tres goles (de preferencia, a favor del equipo del “jugador 1”), suelen garantizar semanas enteras de noches silenciosas.
5- Alimento. Un Pijuje suele buscar su propia comida: Cáscaras de nuez, orillas de alfombra, hojas de libros de matemáticas, manzana y suelas de zapatos. Cuidado: Los Pijujes suelen volverse locos al momento de detectar betún en las narices de los cumpleañeros que son obligados a morder su pastel. Evite llevarlo a fiestas de ese tipo.
6- Higiene y aseo. No hay manera de bañar un Pijuje. Ni lo intente.
7- Vigencia. Después de un año de convivencia (hasta que el “jugador 1” cumpla doce años de edad) la apariencia de Pijuje cambiará y el “jugador 1” lo verá como lo suelen ver todos los demás: como una piedra.
Guardé el papelito en una de las bolsas de mi pantalón. Puse toda la basura de la sala en el bote del patio y subí hambriento a mi cuarto (mi madre cumplió su promesa de mandarme a la cama sin cenar). Apagué la luz y me recosté. Estaba triste pues lastimé a Pijuje y rompí el portarretratos de mi mamá al mismo tiempo. Estaba a punto de dormir cuando alcancé a escuchar un sonido debajo de mi cama. Emocionado, brinqué, prendí la luz del cuarto, me hinqué y observé un plato con pastel. Una hoja de papel estaba a su lado. La tomé, me levanté para leerla a la luz del foco. Había sido escrito a mano con una ortografía que apenas pude entender: “Perdon por chupar tu naris me guzta mucho el pastel no lo buelbo a ser”. Sonreí, supe que el Pijuje tenía buenos sentimientos. Dejé el papel sobre mi cama y volví a agacharme para tomar el pastel que me había llevado el Pijuje, pero encontré otro papelito junto al él. Lo tomé, me levanté nuevamente para leerlo. La misma letra decía “a pero si no quierez pos me lo komo”. Volví a asomarme debajo del colchón. El plato había desaparecido. Había una tercer nota: “grasias. tava bien gûeno. asta mañana”
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Fui a la universidad, me casé y tuve un hijo que hoy cumple sus once años de edad. No le pude explicar a mi esposa por qué compré cinco pasteles extra para la fiesta y tres de libros de matemáticas idénticos al que ya tiene mi hijo en su mochila. También quité de las paredes todo portarretrato que teníamos colgado. Intentaré ser paciente el día en el que encuentre mis zapatos sin suelas, el salero lleno de arena, nuestro perro trasquilado, la palanca de velocidades embarrada de miel y travesuras del tipo que Pijuje y yo hacíamos, en la mejor época de mi vida, hace más de treinta años.
miércoles, 12 de octubre de 2016
Cuento 9: Hasta que la ciencia nos alcance
Juan me dijo que llueve por culpa de un duende que abre la llave de una regadera invisible. Invisible y gigante, agregó levantando sus manos. Luego le pregunté la razón del porque las gotas de lluvia son frías. “Ah pos es que se le descompuso la llave del agua caliente” me dijo como si fuera algo lógico. También me dijo que el sol a veces se pone triste y que, cuando le gana el sentimiento, le llama a sus amigas las nubes para que no lo veamos llorar. “Lo que no sabe es que si nos damos cuenta ji ji ji” Dibujó una sonrisa cómplice que jamás le había visto. Le pregunté entonces la razón por la que a veces llueve de noche. Ay papá, es el duende, el sol solo sale de día… en la noche duerme.
Hace tres meses nos dirigíamos a casa de su abuela. Mi esposa hablaba por celular mientras yo intentaba no ponerme de mal humor por culpa del pesado tránsito. Juan, que iba acostado en el asiento trasero, veía al cielo a través de la ventana. Papá ¿Por nos sigue la luna? No me dejó contestar ¡Ah ya sé! En la mañana tendí mi cama y me lavé los dientes cuando mi mamá me lo pidió. La luna sigue a los niños obedientes. No le contesté por pitarle a un tipo que se metió a mi carril de repente.
Una noche veíamos la televisión juntos. Un comercial afirmaba “Eres lo que comes” Fue entonces cuando me dijo que las vacas son hierbas. He visto lechita que sale de las hojas cuando las corto del árbol. También he visto vacas comer pasto. Para él, el ciclo se explica solo. También cree que su nuevo corte de cabello influye en el clima. Papá, ¿Te has fijado que cuando me cortan el pelo hace frío y cuando lo tengo largo hasta me salen gotitas de agua en la frente?
Asegura que algún día podrá levantar un auto con sus propias manos si come la espinaca suficiente.
Una ocasión rentamos una casa. En el patio trasero había un árbol enorme. Nos escuchó hacer planes para mandarlo derribar pues ya estaba seco y amenazaba con caerse. Juan, desde que nos escuchó y hasta que mi esposa lo regañó, visitaba al árbol todas las mañanas, abría el zipper de su pantalón y regaba sus raíces. “Mamá, es que no quiero que lo tiren”.
Cree que será mejor jugador de futbol desde que su abuelita le dijo que los chicharos cocidos, al ser redondos como balones, le darán fuerza y habilidad para meter goles. No le gusta el sushi, pero se lo come desde esa vez que le dijimos que eso es lo que comen los astronautas. ¿Ves este arroz mijo? Es blanco como las estrellas. Si un día quieres viajar al espacio, necesitas comer muchos de estos para poder flotar como ellas.
Eso sí, no le gusta visitar a su tía Mary. Dice que el collar verde que cuelga en su pecho lo debilita al punto de no poder brincar, desde el cuarto peldaño de las escaleras, sin miedo de golpearse al caer.
A Juan le gusta ver al mundo y le gusta sacar sus propias conclusiones.
Últimamente es mucho más valiente. Desde que se enteró que uno de los donadores de sangre se dedicaba a la lucha libre, ya no tiene miedo a las inyecciones ¿Tiene barba? ¿Es fuerte? ¡Papá, voy a ser barbón y fuerte cuando sea grande! Hasta pregunta a las enfermeras si no tienen un poco de sangre que les sobre del hombre araña o, ya de perdis, de Leonel Messi.
Mi esposa y yo aprendimos su manera de ver la vida. Desde la última noticia que los especialistas nos dieron, y hasta que la ciencia nos alcance, le aseguramos que arriba de su camilla, arriba de este hospital, día y noche, y aunque él no la vea, la luna no se ha movido de su lugar.
Hace tres meses nos dirigíamos a casa de su abuela. Mi esposa hablaba por celular mientras yo intentaba no ponerme de mal humor por culpa del pesado tránsito. Juan, que iba acostado en el asiento trasero, veía al cielo a través de la ventana. Papá ¿Por nos sigue la luna? No me dejó contestar ¡Ah ya sé! En la mañana tendí mi cama y me lavé los dientes cuando mi mamá me lo pidió. La luna sigue a los niños obedientes. No le contesté por pitarle a un tipo que se metió a mi carril de repente.
Una noche veíamos la televisión juntos. Un comercial afirmaba “Eres lo que comes” Fue entonces cuando me dijo que las vacas son hierbas. He visto lechita que sale de las hojas cuando las corto del árbol. También he visto vacas comer pasto. Para él, el ciclo se explica solo. También cree que su nuevo corte de cabello influye en el clima. Papá, ¿Te has fijado que cuando me cortan el pelo hace frío y cuando lo tengo largo hasta me salen gotitas de agua en la frente?
Asegura que algún día podrá levantar un auto con sus propias manos si come la espinaca suficiente.
Una ocasión rentamos una casa. En el patio trasero había un árbol enorme. Nos escuchó hacer planes para mandarlo derribar pues ya estaba seco y amenazaba con caerse. Juan, desde que nos escuchó y hasta que mi esposa lo regañó, visitaba al árbol todas las mañanas, abría el zipper de su pantalón y regaba sus raíces. “Mamá, es que no quiero que lo tiren”.
Cree que será mejor jugador de futbol desde que su abuelita le dijo que los chicharos cocidos, al ser redondos como balones, le darán fuerza y habilidad para meter goles. No le gusta el sushi, pero se lo come desde esa vez que le dijimos que eso es lo que comen los astronautas. ¿Ves este arroz mijo? Es blanco como las estrellas. Si un día quieres viajar al espacio, necesitas comer muchos de estos para poder flotar como ellas.
Eso sí, no le gusta visitar a su tía Mary. Dice que el collar verde que cuelga en su pecho lo debilita al punto de no poder brincar, desde el cuarto peldaño de las escaleras, sin miedo de golpearse al caer.
A Juan le gusta ver al mundo y le gusta sacar sus propias conclusiones.
Últimamente es mucho más valiente. Desde que se enteró que uno de los donadores de sangre se dedicaba a la lucha libre, ya no tiene miedo a las inyecciones ¿Tiene barba? ¿Es fuerte? ¡Papá, voy a ser barbón y fuerte cuando sea grande! Hasta pregunta a las enfermeras si no tienen un poco de sangre que les sobre del hombre araña o, ya de perdis, de Leonel Messi.
Mi esposa y yo aprendimos su manera de ver la vida. Desde la última noticia que los especialistas nos dieron, y hasta que la ciencia nos alcance, le aseguramos que arriba de su camilla, arriba de este hospital, día y noche, y aunque él no la vea, la luna no se ha movido de su lugar.
viernes, 23 de septiembre de 2016
Cuento 7: La reja está rejega. Puro fierro duro.
El sonido de la chicharra rebotó en las cuatro paredes. Los cinco nos volteamos a ver buscando en las miradas una señal que nos indicara que no se trataba de uno de tantos simulacros que a Don Julio se le ocurrían de repente. No, al Don no le gusta interrumpir los chupes, menos cuando estamos celebrando su cumpleaños. Fui el primero en dejar la cerveza en la mesa.
Salté, como me lo permiten mis 53 años, sobre el uniforme que debería ser amarillo. Lo abroché hasta el cuello. Fui el primero en colgarme del tubo que baja desde la planta alta a la baja. Al caer ya había dado dos pasos en el aire hacía el camión rojo que apestaba a polvo. Hoy le tocaba baño pero... Don Julio, su cumpleaños.
Le compré el regalo más chido de la academia “Pa Don Julio… ¡Un Don Julio!”. Después de recordarme que no le gusta el tequila, agradeció el gesto. Creo que no le gustó tanto como el regalo que le trajo Germancito. Un portarretratos en el que ambos aparecen sonriendo y sosteniendo una manguera. Par de jotos que se ven. Lo colgó en una pared de su oficina mientras uno de mis compañeros se servía del tequila.
Cumplí con la rutina tan bien entrenada que tenemos para cuando los bomberos somos solicitados. Me aseguré que los empaques de ambas mangueras estuvieran bien colocados y trepé al camión. Listísimo. ¿Por qué no avanzamos? ¡Se nos va a hacer tarde! Detrás de mí, apenas va bajando la cuadrilla de gordos y viejitos vestidos de héroes. El último en aparecer en el tubo: Germán. Alto, el más joven, buena onda y tonto del equipo. Se desliza rápido pero, con tales aires de actor de telenovela, que parece que lo hace en cámara lenta. Como si miles de mujeres le aplaudieran desde gradas invisibles. Ya todos encima del vehículo gritamos ¡Presente! antes de partir a un combate desconocido. Nadie nos dijo pa donde vamos ni a que vamos. Don Julio es capaz de llevarnos directo a un teibol pa que se los descorchen.
La ruta, afortunada o desafortunadamente, no nos llevó al bar donde Don Julio suele desparramarse, entre nalgas y chichis, cada quincena. El sonido del camión, la sirena, dejaba ecos de coches en su pasar por la ciudad. Vamos preparados. Conocemos el protocolo a seguir ante un incendio, borrachos valientes que se atreven a trepar postes de luz, rescatar familias de entre los escombros que dejan los terremotos o los terremotos que causa alguna vieja si le encuentra al marido labial rojo en la camisa del trabajo.. hasta sabemos como como bajar un gatito de un árbol. Bueno, todos sabemos los procedimientos, menos Germán. Ese pendejo no sabe ni sacarse una uña enterrada. No es broma. Hace dos meses faltó a trabajar quesque por una infección que le dio en el dedo gordo del pie. Ah pero eso si, bien pinche contentito, haciendo reír a Don Julio y creyéndose el galán del equipo. Pinche lamehuevos. Con su sonrisita perfecta cree que le cae bien a todo el mundo. Quesque va al gimnasio tres horas diarias. Pa mi que nomás va a ver viejas y a decirles cosas de amor. Na, cual de amor. De cogidas. Ha de presumirles a las muchachitas esa ocasión en la que salió en un una plana del periódico cargando a una niña en brazos. “HÉROE DE LA PILETAS. Salva a niña de una muerte entre llamas”. Piletas mis huevos. Esa niña la rescató mi amigo Juan. Germán, bien sacatón, nomás se quedó fuera de la casa echándole agüita como si estuviera miando. En cuanto vio que mi amigo Juan y la niña iban a salir de la casa, fue corriendo, se la arrebató, la cargó a sus brazos y con mirada de Arnol Suaseneguer, regresó a donde estaban los reporteros. Pobre niña, necesitaba atención médica. Tenía quemaduras en sus bracitos y piernitas, y este cabrón, mientras sonreía a la cámara, no la soltaba.
Ya vamos en camino. Los cinco trepados en la parte trasera y Don Julio al volante. Todos con casco, menos el pinche Germancito que le encanta presumir su cabellera al aire. Pinche nena. Mi sobrina, que es estilista, me dijo que gasta buen varo en cosas pal cabello. “ay pero queda bien guapo” Guapos mis huevos con caireles de macho. Ni está tan lejos el pedo. No llamaron pa desatorar la cabeza de un escuincle que quedó entre los barrotes del pasamanos de una escaleras. Si el cuerpo del niño hubiera quedado del lado de las escaleras ni nos habrían llamado. Pero, ah pinche niño. ¿Pa que chingados juega a treparlas por la parte externa?. Ahí está la mamá bien preocupada. Mientras mis compañeros y yo cargamos y subimos las herramientas necesarias para ayudar al escuincle, el príncipe valiente abraza a la señora y pone su cabeza sobre su pecho. “Lo rescataremos señora, yo prometo rescatar a su hijo”. Rescátame esta pinche baboso. Ni es pa tanto cabrón. Nomás pasamos segueta, pinza, fuerza de verdadero macho y tan tan. Se la quiere coger. No soy el único que se da cuenta. Los vecinos y metiches del edificio también voltean a verlo con cara de “se la quiere coger”, “si a huevo”, “por fin le van a dar de cenar a la señora Claudia”. Ni sabrosa está, la neta. A Germancito le gusta meterla en cualquiero hoyo. Mientras colocábamos aceite en el cuello del chamaco, el príncipe vestido de bombero pasó sus manos sobre el cabello de la mamá. “si desea llorar, llore. Prometo salvar a su hijo”. Ella nomás pone cara de “Yo si me ceno a este muchacho” sin dejar de parecer dolida y preocupada por su escuíncle. La reja está rejega. Puro fierro duro. El sonido de la segueta sobre el metal es escandaloso. Las lágrimas del niño caen, desde el tercer piso, hasta el suelo de la planta baja. “Quieto mijo, orita lo sacamos, no se me desespere mi capión” le susurro al niño pa que no se asuste. Más vecinos se acumularon alrededor de nosotros. Mientras Juan intenta partir en dos uno de los barrotes, yo intento doblar el otro con un torniquete improvisado que hice con tres cuerdas y un martillo. Joven, usted me da mucha tranquilidad. Gracias por acudir a nuestro rescate. Es mi deber señora. No tiene nada que agradecer. Nitini nidi qui igridicir. Pinche pendejo.
Por fin. Los escalones quedaron mojados del sudor de Juan y del mío. De los llantos del escuincle y de su mamá. Los vecinos aplaudieron. La doña abraza a su hijo sin soltar a Germán, ¿Qué hubiera hecho sin usted? Ella lo mira como las inditas miran a la virgen. "Seguir siendo una excelente madre". Los vecinos suspiraron en coro, seguido de un “aaawww”. Fue unánime. La señora dejó de abrazar al niño para aferrarse de Germán. Todos aplaudieron de nuevo. Nomás les faltaba gritar “BESO! BESO! BESO!”. Juan y yo, como peones pendejos, como esculturas de jabón mal hechas, derretidas por el cansancio, pos nomás veíamos al pendejete este recibiendo todos los créditos… Martita, en paz descance. Mi Martita, me decía “se parece tanto a ti”. No es cierto. Germán se parece más a ella. Su cabello rubio y mirada tranquila. Igual de coqueto que ella. Si no, ya le hubiera dicho a Don Julio que lo mande a la chingada. Nomás por eso, porque me la recuerda a diario.
jueves, 24 de septiembre de 2015
Taticardia en la estética
Desde hace unos días noto mi cabello un poco sacado de onda. Ciertamente me he portado grosero y no le he hecho caso. Saliendo de la oficina dirigí mi coche a una estética que abrieron a un lado de los tacos de mi corazón.
Desde que llegué sentí que algo no me iba a convencer. Pero como buen macho que se respeta, quería retocar mi look a como diera lugar.
Me senté frente a un espejo largo. Lupita es el nombre de quien me hizo esto. Después de explicarle a Lupita el corte que yo deseaba, me dijo:
- mire joven… Como se llama?
- Tlatoani
- (mirándome con la misma cara que ha puesto la mayoría de la gente durante mis 31 años) Tla que?
- Tlatoani
- Es griego? Musulmán?
- Azteca. (ya ni le expliqué el significado)
- Jamás lo había escuchado. Mire Tlatoani, cada persona que llega le hacemos un diagnóstico de su cara para poder proponer un estilo de corte único e irrepetible. Usted tiene una frente corta que no permite un degradado óptimo. Afortunadamente la proporción entre su mandíbula y sus cejas es la adecuada para poder recortar los costados y poner más volumen en la zona superior y no sé que más dijo.
Aaaasumadreeeee!!
- … Por lo que veo jovén tlatoani, usted necesita un corte exacto al que me acaba de pedir. Empezaremos con el número 3.
Espero que en mi próxima visita al dentista tenga el mismo talento para definir lo que necesito como lo hice con la estilista.
Todo bien los primeros 15 minutos. Como pal minuto 15:24:43 empecé a retener la respiración.
Me sentí en cuarentena y amarrado debajo de una pesada capa. El calor empezó a molestarme y la lentitud de la lupita parecía un tenso concurso en el que, si me movía, caería por un hoyo directo al fuego. Con su máquina pintaba brochazos de genialidad (según ella).
Cuan artista clásico de paisajes europeos al óleo, doblaba un poco las rodillas para retroceder y observar mi cabello desde una perspectiva más amplia. Inclinaba la cabeza y entrecerraba los ojos para comparar el nivel y densidad de cabello cortado.
- Oiga doña lupita! Cree que hoy me alcance a pintar el cabello?! Es que mañana no voy a poder
Doña lupita salió de su trance. Volteó a ver a la puerta a lo que alcance a ver, una chavita de 20 años de edad a quien le urgía pintarse la greña. Lupita le dijo “no alcanzo. Cerramos a las nueve y media”.
Frente a mi colgaba un reloj de pared que marcaba las 8:30. Ya bailó bertha. Lupita y la chavita empezaron a rebotar razones por las que si y por las que no se podía pintar el cabello a esas horas y a negociar un horario al día siguiente mientras yo, solo observaba las tijeras que lupita sostenía a 10-15 centímetros de mi ojo derecho. No exagero. Lupita movía las manos para darse a entender y mi ojo empezaba a experimentar cierta tristeza. No aguanté más, saqué mi mano debajo de la capa y agarré la mano con la que lupita sostenía ese péndulo mortal. “señora, me pone nervioso”.
Se disculpó con una risa nerviosa. Por alguna razón yo estaba más apenado que ella.
Siguió con su obra de arte luciéndose ante un público invisible. Yo sabía que el oxígeno ya no llegaba a mi cerebro. Recordé y maldije las tazas de café que tomé en el día. Ya no había vuelta atrás. Mi cabello era ya, más suyo que mío.
Me retracto, espero que nada de esto suceda en mi próxima visita al dentista.
Otros quince interminables y epopéyicos minutos. Lupita se había convertido en un caballero galopante que luchaba con tijera y peine contra un furioso y despeinado dragón. Yo solo era un hirviente y vibrante campo de batalla. Cerré los ojos como para negar mi realidad. Me convertí en la persona más solitaria del mundo.
- Listo Tlatoani. Acompáñame porfavor.
Tenía los ojos abiertos aunque mi mente, lo debo aceptar, estaba en el partido pasado de la fiera contra rayados. Me paré y me dirigí a la bacinica donde le lavan el cabello a uno. PFFFF. Me senté, recosté mi cabeza como la misma liviandad. El agua fría en mi cabello se convirtió en la cascada más fresca y bella de cualquier planeta del universo. No floté de felicidad porque las leyes de la física no me lo permiten. Lupita masajeó mi cabeza y yo solo me avergonzaba de mi mismo por haberla odiado toda la media hora anterior. No quería que terminara. Pero terminó.
- Listo Tlatoani. Acompáñame porfavor
Me senté de nuevo frente al espejo y se vino otra larga sesión con la secadora en las manos de Lupita. Yo solo pedía que ya pitara el árbitro…
Ya me encabroné de solo recordar lo que vino. Haré un resumen, me puso gel, me rasuró QUIRÚRGICAMENTE el cabello del cuello y costados, me pidió mis datos, me dio tarjeta de cliente frecuente, le pagué, me volteé a ver al espejo para ver que el corte es idéntico a otros que me han hecho, subí al coche y, a pesar de haberme prometido no hacerlo más durante este mismo día, prendí un cigarro.
Desde que llegué sentí que algo no me iba a convencer. Pero como buen macho que se respeta, quería retocar mi look a como diera lugar.
Me senté frente a un espejo largo. Lupita es el nombre de quien me hizo esto. Después de explicarle a Lupita el corte que yo deseaba, me dijo:
- mire joven… Como se llama?
- Tlatoani
- (mirándome con la misma cara que ha puesto la mayoría de la gente durante mis 31 años) Tla que?
- Tlatoani
- Es griego? Musulmán?
- Azteca. (ya ni le expliqué el significado)
- Jamás lo había escuchado. Mire Tlatoani, cada persona que llega le hacemos un diagnóstico de su cara para poder proponer un estilo de corte único e irrepetible. Usted tiene una frente corta que no permite un degradado óptimo. Afortunadamente la proporción entre su mandíbula y sus cejas es la adecuada para poder recortar los costados y poner más volumen en la zona superior y no sé que más dijo.
Aaaasumadreeeee!!
- … Por lo que veo jovén tlatoani, usted necesita un corte exacto al que me acaba de pedir. Empezaremos con el número 3.
Espero que en mi próxima visita al dentista tenga el mismo talento para definir lo que necesito como lo hice con la estilista.
Todo bien los primeros 15 minutos. Como pal minuto 15:24:43 empecé a retener la respiración.
Me sentí en cuarentena y amarrado debajo de una pesada capa. El calor empezó a molestarme y la lentitud de la lupita parecía un tenso concurso en el que, si me movía, caería por un hoyo directo al fuego. Con su máquina pintaba brochazos de genialidad (según ella).
Cuan artista clásico de paisajes europeos al óleo, doblaba un poco las rodillas para retroceder y observar mi cabello desde una perspectiva más amplia. Inclinaba la cabeza y entrecerraba los ojos para comparar el nivel y densidad de cabello cortado.
- Oiga doña lupita! Cree que hoy me alcance a pintar el cabello?! Es que mañana no voy a poder
Doña lupita salió de su trance. Volteó a ver a la puerta a lo que alcance a ver, una chavita de 20 años de edad a quien le urgía pintarse la greña. Lupita le dijo “no alcanzo. Cerramos a las nueve y media”.
Frente a mi colgaba un reloj de pared que marcaba las 8:30. Ya bailó bertha. Lupita y la chavita empezaron a rebotar razones por las que si y por las que no se podía pintar el cabello a esas horas y a negociar un horario al día siguiente mientras yo, solo observaba las tijeras que lupita sostenía a 10-15 centímetros de mi ojo derecho. No exagero. Lupita movía las manos para darse a entender y mi ojo empezaba a experimentar cierta tristeza. No aguanté más, saqué mi mano debajo de la capa y agarré la mano con la que lupita sostenía ese péndulo mortal. “señora, me pone nervioso”.
Se disculpó con una risa nerviosa. Por alguna razón yo estaba más apenado que ella.
Siguió con su obra de arte luciéndose ante un público invisible. Yo sabía que el oxígeno ya no llegaba a mi cerebro. Recordé y maldije las tazas de café que tomé en el día. Ya no había vuelta atrás. Mi cabello era ya, más suyo que mío.
Me retracto, espero que nada de esto suceda en mi próxima visita al dentista.
Otros quince interminables y epopéyicos minutos. Lupita se había convertido en un caballero galopante que luchaba con tijera y peine contra un furioso y despeinado dragón. Yo solo era un hirviente y vibrante campo de batalla. Cerré los ojos como para negar mi realidad. Me convertí en la persona más solitaria del mundo.
- Listo Tlatoani. Acompáñame porfavor.
Tenía los ojos abiertos aunque mi mente, lo debo aceptar, estaba en el partido pasado de la fiera contra rayados. Me paré y me dirigí a la bacinica donde le lavan el cabello a uno. PFFFF. Me senté, recosté mi cabeza como la misma liviandad. El agua fría en mi cabello se convirtió en la cascada más fresca y bella de cualquier planeta del universo. No floté de felicidad porque las leyes de la física no me lo permiten. Lupita masajeó mi cabeza y yo solo me avergonzaba de mi mismo por haberla odiado toda la media hora anterior. No quería que terminara. Pero terminó.
- Listo Tlatoani. Acompáñame porfavor
Me senté de nuevo frente al espejo y se vino otra larga sesión con la secadora en las manos de Lupita. Yo solo pedía que ya pitara el árbitro…
Ya me encabroné de solo recordar lo que vino. Haré un resumen, me puso gel, me rasuró QUIRÚRGICAMENTE el cabello del cuello y costados, me pidió mis datos, me dio tarjeta de cliente frecuente, le pagué, me volteé a ver al espejo para ver que el corte es idéntico a otros que me han hecho, subí al coche y, a pesar de haberme prometido no hacerlo más durante este mismo día, prendí un cigarro.
martes, 25 de junio de 2013
No es que muera de calor
A
continuación, un poema que acabo de escribir basado en un poema de mi
chiapaneco favorito Jaime Sabines al que he titulado.... "no es que
muera de calor".
No es que muera de calor, muero de ti
muero de ti, calor, sudor de ti
En mi playera mía, en mi piel de mi
de mi alma, del sol y de mi frente
y del insportable sol que cae en mi
Muero de ti y de mi, muero de ambos
calurosos, de ese
sudado, quemado
me muero, te sudo, lo sudamos
Sudamos en mi cuarto en que estoy solo
en mi cama que mojas
en la calle donde mi brazo va mojado
en el cine, en la playa, en la oficina,
los lugares donde en mi hombro
suda desde de mi cabeza
y mi mano en mi frente
y todo yo se deshidrata como yo mismo
Sudamos en el sitio que me ha robado el aire
para que evapores fuera de mi
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echas en mi piel encima
y nos conocemos en nosotros
separados de una cerveza, dichosa, destapada
y cierto... interminable
Morimos, lo sabemos, lo ignoran,
nos sudamos entre los dos ahora,
fastidiados del uno al otro, diaria pinche mente
derritiendonos en múltiples paletas
en gestos que no hacemos
en nuestras manos pegajosas que nos necesitan
Nos morimos, calor, muero en tu temperatura
que no aguanto ni quiero
en tus grados altísimos y jodidos
en tu infierno sin fin, muero de poros abiertos
de pronósticos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo
de nuestra muerte calor, muero, morimos
En el oxxo de chelas a todas horas
inconsolable, a gritos
dentro de mi hígado quiero decir, te destapo
te llaman los que están sobrios, los que beben
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, calor, y nada hacemos
sino morirnos más, chela tras chela
y destaparnos, secarnos y morirnos
No es que muera de calor, muero de ti
muero de ti, calor, sudor de ti
En mi playera mía, en mi piel de mi
de mi alma, del sol y de mi frente
y del insportable sol que cae en mi
Muero de ti y de mi, muero de ambos
calurosos, de ese
sudado, quemado
me muero, te sudo, lo sudamos
Sudamos en mi cuarto en que estoy solo
en mi cama que mojas
en la calle donde mi brazo va mojado
en el cine, en la playa, en la oficina,
los lugares donde en mi hombro
suda desde de mi cabeza
y mi mano en mi frente
y todo yo se deshidrata como yo mismo
Sudamos en el sitio que me ha robado el aire
para que evapores fuera de mi
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echas en mi piel encima
y nos conocemos en nosotros
separados de una cerveza, dichosa, destapada
y cierto... interminable
Morimos, lo sabemos, lo ignoran,
nos sudamos entre los dos ahora,
fastidiados del uno al otro, diaria pinche mente
derritiendonos en múltiples paletas
en gestos que no hacemos
en nuestras manos pegajosas que nos necesitan
Nos morimos, calor, muero en tu temperatura
que no aguanto ni quiero
en tus grados altísimos y jodidos
en tu infierno sin fin, muero de poros abiertos
de pronósticos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo
de nuestra muerte calor, muero, morimos
En el oxxo de chelas a todas horas
inconsolable, a gritos
dentro de mi hígado quiero decir, te destapo
te llaman los que están sobrios, los que beben
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, calor, y nada hacemos
sino morirnos más, chela tras chela
y destaparnos, secarnos y morirnos
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