jueves, 24 de septiembre de 2015

Taticardia en la estética

Desde hace unos días noto mi cabello un poco sacado de onda. Ciertamente me he portado grosero y no le he hecho caso. Saliendo de la oficina dirigí mi coche a una estética que abrieron a un lado de los tacos de mi corazón.

Desde que llegué sentí que algo no me iba a convencer. Pero como buen macho que se respeta, quería retocar mi look a como diera lugar.

Me senté frente a un espejo largo. Lupita es el nombre de quien me hizo esto. Después de explicarle a Lupita el corte que yo deseaba, me dijo: 


-    mire joven… Como se llama?
-    Tlatoani
-    (mirándome con la misma cara que ha puesto la mayoría de la gente durante mis 31 años) Tla que?
-    Tlatoani
-    Es griego? Musulmán?
-    Azteca. (ya ni le expliqué el significado)
-    Jamás lo había escuchado. Mire Tlatoani, cada persona que llega le hacemos un diagnóstico de su cara para poder proponer un estilo de corte único e irrepetible. Usted tiene una frente corta que no permite un degradado  óptimo. Afortunadamente la proporción entre su mandíbula y sus cejas es la adecuada para poder recortar los costados y poner más volumen en la zona superior y no sé que más dijo.
 

Aaaasumadreeeee!!
 

-   … Por lo que veo jovén tlatoani, usted necesita un corte exacto al que me acaba de pedir. Empezaremos con el número 3.

Espero que en mi próxima visita al dentista tenga el mismo talento para definir lo que necesito como lo hice con la estilista.
 

Todo bien los primeros 15 minutos. Como pal minuto 15:24:43 empecé a retener la respiración.

Me sentí  en cuarentena y amarrado debajo de una pesada capa. El calor empezó a molestarme y la lentitud de la lupita parecía un tenso concurso en el que, si me movía, caería por un hoyo directo al fuego. Con su máquina pintaba brochazos de genialidad (según ella).

Cuan artista clásico de paisajes europeos al óleo, doblaba un poco las rodillas para retroceder y observar mi cabello desde una perspectiva más amplia. Inclinaba la cabeza y entrecerraba los ojos para comparar el nivel y densidad de cabello cortado.

-    Oiga doña lupita! Cree que hoy me alcance a pintar el cabello?! Es que mañana no voy a poder

Doña lupita salió de su trance. Volteó a ver a la puerta a lo que alcance a ver, una chavita de 20 años de edad a quien le urgía pintarse la greña. Lupita le dijo “no alcanzo. Cerramos a las nueve y media”.

Frente a mi colgaba un reloj de pared que marcaba las 8:30. Ya bailó bertha.  Lupita y la chavita empezaron a rebotar razones por las que si y por las que no se podía pintar el cabello a esas horas y a negociar un horario al día siguiente mientras yo, solo observaba las tijeras que lupita sostenía a 10-15 centímetros de mi ojo derecho. No exagero. Lupita movía las manos para darse a entender y mi ojo empezaba a experimentar cierta tristeza. No aguanté más, saqué mi mano debajo de la capa y agarré la mano con la que lupita sostenía ese péndulo mortal. “señora, me pone nervioso”.

Se disculpó con una risa nerviosa. Por alguna razón yo estaba más apenado que ella.

Siguió con su obra de arte luciéndose ante un público invisible. Yo sabía que el oxígeno ya no llegaba a mi cerebro.  Recordé y maldije las tazas de café que tomé en el día. Ya no había vuelta atrás. Mi cabello era ya, más suyo que mío.


Me retracto, espero que nada de esto suceda en mi próxima visita al dentista.

Otros quince interminables y epopéyicos minutos. Lupita se había convertido en un caballero galopante que luchaba con tijera y peine contra un furioso y despeinado dragón. Yo solo era un hirviente y vibrante campo de batalla. Cerré los ojos como para negar mi realidad. Me convertí en la persona más solitaria del mundo.

-    Listo Tlatoani. Acompáñame porfavor.

Tenía los ojos abiertos aunque mi mente, lo debo aceptar, estaba en el partido pasado de la fiera contra rayados. Me paré y me dirigí a la bacinica donde le lavan el cabello a uno.  PFFFF. Me senté, recosté mi cabeza como la misma liviandad. El agua fría en mi cabello se convirtió en la cascada más fresca y bella de cualquier planeta del universo. No floté de felicidad porque las leyes de la física no me lo permiten. Lupita masajeó mi cabeza y yo solo me avergonzaba de mi mismo por haberla odiado toda la media hora anterior. No quería que terminara. Pero terminó.

-    Listo Tlatoani. Acompáñame porfavor
 

Me senté de nuevo frente al espejo y se vino otra larga sesión con la secadora en las manos de Lupita. Yo solo pedía que ya pitara el árbitro…

Ya me encabroné de solo recordar lo que vino. Haré un resumen, me puso gel, me rasuró QUIRÚRGICAMENTE el cabello del cuello y costados, me pidió mis datos, me dio tarjeta de cliente frecuente, le pagué, me volteé a ver al espejo para ver que el corte es idéntico a otros que me han hecho, subí al coche y, a pesar de haberme prometido no hacerlo más durante este mismo día, prendí un cigarro.

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