El sonido de la chicharra rebotó en las cuatro paredes. Los cinco nos volteamos a ver buscando en las miradas una señal que nos indicara que no se trataba de uno de tantos simulacros que a Don Julio se le ocurrían de repente. No, al Don no le gusta interrumpir los chupes, menos cuando estamos celebrando su cumpleaños. Fui el primero en dejar la cerveza en la mesa.
Salté, como me lo permiten mis 53 años, sobre el uniforme que debería ser amarillo. Lo abroché hasta el cuello. Fui el primero en colgarme del tubo que baja desde la planta alta a la baja. Al caer ya había dado dos pasos en el aire hacía el camión rojo que apestaba a polvo. Hoy le tocaba baño pero... Don Julio, su cumpleaños.
Le compré el regalo más chido de la academia “Pa Don Julio… ¡Un Don Julio!”. Después de recordarme que no le gusta el tequila, agradeció el gesto. Creo que no le gustó tanto como el regalo que le trajo Germancito. Un portarretratos en el que ambos aparecen sonriendo y sosteniendo una manguera. Par de jotos que se ven. Lo colgó en una pared de su oficina mientras uno de mis compañeros se servía del tequila.
Cumplí con la rutina tan bien entrenada que tenemos para cuando los bomberos somos solicitados. Me aseguré que los empaques de ambas mangueras estuvieran bien colocados y trepé al camión. Listísimo. ¿Por qué no avanzamos? ¡Se nos va a hacer tarde! Detrás de mí, apenas va bajando la cuadrilla de gordos y viejitos vestidos de héroes. El último en aparecer en el tubo: Germán. Alto, el más joven, buena onda y tonto del equipo. Se desliza rápido pero, con tales aires de actor de telenovela, que parece que lo hace en cámara lenta. Como si miles de mujeres le aplaudieran desde gradas invisibles. Ya todos encima del vehículo gritamos ¡Presente! antes de partir a un combate desconocido. Nadie nos dijo pa donde vamos ni a que vamos. Don Julio es capaz de llevarnos directo a un teibol pa que se los descorchen.
La ruta, afortunada o desafortunadamente, no nos llevó al bar donde Don Julio suele desparramarse, entre nalgas y chichis, cada quincena. El sonido del camión, la sirena, dejaba ecos de coches en su pasar por la ciudad. Vamos preparados. Conocemos el protocolo a seguir ante un incendio, borrachos valientes que se atreven a trepar postes de luz, rescatar familias de entre los escombros que dejan los terremotos o los terremotos que causa alguna vieja si le encuentra al marido labial rojo en la camisa del trabajo.. hasta sabemos como como bajar un gatito de un árbol. Bueno, todos sabemos los procedimientos, menos Germán. Ese pendejo no sabe ni sacarse una uña enterrada. No es broma. Hace dos meses faltó a trabajar quesque por una infección que le dio en el dedo gordo del pie. Ah pero eso si, bien pinche contentito, haciendo reír a Don Julio y creyéndose el galán del equipo. Pinche lamehuevos. Con su sonrisita perfecta cree que le cae bien a todo el mundo. Quesque va al gimnasio tres horas diarias. Pa mi que nomás va a ver viejas y a decirles cosas de amor. Na, cual de amor. De cogidas. Ha de presumirles a las muchachitas esa ocasión en la que salió en un una plana del periódico cargando a una niña en brazos. “HÉROE DE LA PILETAS. Salva a niña de una muerte entre llamas”. Piletas mis huevos. Esa niña la rescató mi amigo Juan. Germán, bien sacatón, nomás se quedó fuera de la casa echándole agüita como si estuviera miando. En cuanto vio que mi amigo Juan y la niña iban a salir de la casa, fue corriendo, se la arrebató, la cargó a sus brazos y con mirada de Arnol Suaseneguer, regresó a donde estaban los reporteros. Pobre niña, necesitaba atención médica. Tenía quemaduras en sus bracitos y piernitas, y este cabrón, mientras sonreía a la cámara, no la soltaba.
Ya vamos en camino. Los cinco trepados en la parte trasera y Don Julio al volante. Todos con casco, menos el pinche Germancito que le encanta presumir su cabellera al aire. Pinche nena. Mi sobrina, que es estilista, me dijo que gasta buen varo en cosas pal cabello. “ay pero queda bien guapo” Guapos mis huevos con caireles de macho. Ni está tan lejos el pedo. No llamaron pa desatorar la cabeza de un escuincle que quedó entre los barrotes del pasamanos de una escaleras. Si el cuerpo del niño hubiera quedado del lado de las escaleras ni nos habrían llamado. Pero, ah pinche niño. ¿Pa que chingados juega a treparlas por la parte externa?. Ahí está la mamá bien preocupada. Mientras mis compañeros y yo cargamos y subimos las herramientas necesarias para ayudar al escuincle, el príncipe valiente abraza a la señora y pone su cabeza sobre su pecho. “Lo rescataremos señora, yo prometo rescatar a su hijo”. Rescátame esta pinche baboso. Ni es pa tanto cabrón. Nomás pasamos segueta, pinza, fuerza de verdadero macho y tan tan. Se la quiere coger. No soy el único que se da cuenta. Los vecinos y metiches del edificio también voltean a verlo con cara de “se la quiere coger”, “si a huevo”, “por fin le van a dar de cenar a la señora Claudia”. Ni sabrosa está, la neta. A Germancito le gusta meterla en cualquiero hoyo. Mientras colocábamos aceite en el cuello del chamaco, el príncipe vestido de bombero pasó sus manos sobre el cabello de la mamá. “si desea llorar, llore. Prometo salvar a su hijo”. Ella nomás pone cara de “Yo si me ceno a este muchacho” sin dejar de parecer dolida y preocupada por su escuíncle. La reja está rejega. Puro fierro duro. El sonido de la segueta sobre el metal es escandaloso. Las lágrimas del niño caen, desde el tercer piso, hasta el suelo de la planta baja. “Quieto mijo, orita lo sacamos, no se me desespere mi capión” le susurro al niño pa que no se asuste. Más vecinos se acumularon alrededor de nosotros. Mientras Juan intenta partir en dos uno de los barrotes, yo intento doblar el otro con un torniquete improvisado que hice con tres cuerdas y un martillo. Joven, usted me da mucha tranquilidad. Gracias por acudir a nuestro rescate. Es mi deber señora. No tiene nada que agradecer. Nitini nidi qui igridicir. Pinche pendejo.
Por fin. Los escalones quedaron mojados del sudor de Juan y del mío. De los llantos del escuincle y de su mamá. Los vecinos aplaudieron. La doña abraza a su hijo sin soltar a Germán, ¿Qué hubiera hecho sin usted? Ella lo mira como las inditas miran a la virgen. "Seguir siendo una excelente madre". Los vecinos suspiraron en coro, seguido de un “aaawww”. Fue unánime. La señora dejó de abrazar al niño para aferrarse de Germán. Todos aplaudieron de nuevo. Nomás les faltaba gritar “BESO! BESO! BESO!”. Juan y yo, como peones pendejos, como esculturas de jabón mal hechas, derretidas por el cansancio, pos nomás veíamos al pendejete este recibiendo todos los créditos… Martita, en paz descance. Mi Martita, me decía “se parece tanto a ti”. No es cierto. Germán se parece más a ella. Su cabello rubio y mirada tranquila. Igual de coqueto que ella. Si no, ya le hubiera dicho a Don Julio que lo mande a la chingada. Nomás por eso, porque me la recuerda a diario.
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