miércoles, 12 de octubre de 2016

Cuento 9: Hasta que la ciencia nos alcance

Juan me dijo que llueve por culpa de un duende que abre la llave de una regadera invisible. Invisible y gigante, agregó levantando sus manos. Luego le pregunté la razón del porque las gotas de lluvia son frías. “Ah pos es que se le descompuso la llave del agua caliente” me dijo como si fuera algo lógico. También me dijo que el sol a veces se pone triste y que, cuando le gana el sentimiento, le llama a sus amigas las nubes para que no lo veamos llorar. “Lo que no sabe es que si nos damos cuenta ji ji ji” Dibujó una sonrisa cómplice que jamás le había visto. Le pregunté entonces la razón por la que a veces llueve de noche. Ay papá, es el duende, el sol solo sale de día… en la noche duerme.

Hace tres meses nos dirigíamos a casa de su abuela. Mi esposa hablaba por celular mientras yo intentaba no ponerme de mal humor por culpa del pesado tránsito. Juan, que iba acostado en el asiento trasero, veía al cielo a través de la ventana. Papá ¿Por nos sigue la luna? No me dejó contestar ¡Ah ya sé! En la mañana tendí mi cama y me lavé los dientes cuando mi mamá me lo pidió. La luna sigue a los niños obedientes. No le contesté por pitarle a un tipo que se metió a mi carril de repente.

Una noche veíamos la televisión juntos. Un comercial afirmaba “Eres lo que comes” Fue entonces cuando me dijo que las vacas son hierbas. He visto lechita que sale de las hojas cuando las corto del árbol. También he visto vacas comer pasto. Para él, el ciclo se explica solo. También cree que su nuevo corte de cabello influye en el clima. Papá, ¿Te has fijado que cuando me cortan el pelo hace frío y cuando lo tengo largo hasta me salen gotitas de agua en la frente?

Asegura que algún día podrá levantar un auto con sus propias manos si come la espinaca suficiente.

Una ocasión rentamos una casa. En el patio trasero había un árbol enorme. Nos escuchó hacer planes para mandarlo derribar pues ya estaba seco y amenazaba con caerse. Juan, desde que nos escuchó y hasta que mi esposa lo regañó, visitaba al árbol todas las mañanas, abría el zipper de su pantalón y regaba sus raíces. “Mamá, es que no quiero que lo tiren”.

Cree que será mejor jugador de futbol desde que su abuelita le dijo que los chicharos cocidos, al ser redondos como balones, le darán fuerza y habilidad para meter goles. No le gusta el sushi, pero se lo come desde esa vez que le dijimos que eso es lo que comen los astronautas. ¿Ves este arroz mijo? Es blanco como las estrellas. Si un día quieres viajar al espacio, necesitas comer muchos de estos para poder flotar como ellas.

Eso sí, no le gusta visitar a su tía Mary. Dice que el collar verde que cuelga en su pecho lo debilita al punto de no poder brincar, desde el cuarto peldaño de las escaleras, sin miedo de golpearse al caer.

A Juan le gusta ver al mundo y le gusta sacar sus propias conclusiones.

Últimamente es mucho más valiente. Desde que se enteró que uno de los donadores de sangre se dedicaba a la lucha libre, ya no tiene miedo a las inyecciones ¿Tiene barba? ¿Es fuerte? ¡Papá, voy a ser barbón y fuerte cuando sea grande! Hasta pregunta a las enfermeras si no tienen un poco de sangre que les sobre del hombre araña o, ya de perdis, de Leonel Messi.

Mi esposa y yo aprendimos su manera de ver la vida. Desde la última noticia que los especialistas nos dieron, y hasta que la ciencia nos alcance, le aseguramos que arriba de su camilla, arriba de este hospital, día y noche, y aunque él no la vea, la luna no se ha movido de su lugar.

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