martes, 16 de mayo de 2017

Con olor a muerte - Tlatoani Robledo



Con olor a muerte- Tlatoani Robledo


Sus ojos eran un par de puntitos rojos, cansados y temblorosos, que en el negro de ese nuestro escondite, cargaban un viejo miedo. Ten mucho cuidado mijo. ¿De qué hablas mamá? Ese olor… Ese olor nuevamente. Los puntitos rojos se quedaron quietos, apuntando a la oscuridad, buscando los recuerdos que ella misma había guardado en el profundo de la penumbra. Tú y tus trece hermanos apenas tenían dos meses de haber nacido y, aunque aún no les salía bien todo su pelo, ya podían caminar y correr. Tu padre llegó con un pedazo enorme de pan que había encontrado en la entrada de nuestro hoyo y que apestaba a muerte, el mismo olor que ahora llega hasta mí. Yo le dije que olía feo, que mejor fuera a buscar otra cosa que comer, pero él estaba feliz y no me escuchó. Lo puso en el suelo para que tú y tus hermanos comieran.

Todos saltaron encima de él y no te dejaron probar ni una morusa. A los cinco minutos todos ellos chillaban de dolor, se revolcaban en el suelo y tu padre, que minutos antes elevaba el pecho y movía los bigotes, orgulloso de habernos traído un buen trozo de alimento, corría en sus cuatro patas entre tus hermanos intentando, con solo poner su hocico en la frente del que más cerca tenía, calmar su dolor. ¡Te dije! ¡Te dije que olía raro! Corría de un grito a otro más fuerte. Pedía perdón al aire, luego a mí, y de nuevo a tus hermanos mientras, ellos, uno a uno, se empezaban a quedar quietecitos. Calladitos para morir. Algunos aún gemían como un globo al que alguien había pinchado y que vuela rápido y que desorientado cae desinflado al suelo y que, con el poco aire que le queda, exhala algo que ni el silencio lograría escuchar. Luego yo también quise revolcarme, pero de tristeza. Y luego te vi inocente, sano y con tu hocico libre de olor a muerte.

Tu padre salió llorando de nuestro hoyo. Gritaba vergüenzas. Que había envenenado a sus propios hijos. Se arrancaba pelos de si cuello y de sus patas.. Me dejó con tus hermanitos tirados por todo el suelo.

Tu tía, al verme débil y al verte tan pequeño, se propuso a llevar ella misma los cuerpecitos al jardín. Mordió la cola del primero, lo arrastró a la entrada del hoyo, volteó para ambos lados y corrió apenas un par de metros antes de ser atrapada por Viernes. Los puntitos rojos de mi madre brincaron como si hubiera reventado una ligua invisible que la jalaba a más recuerdos que atesoraba en el fondo de aquella sombra en la que vivíamos. Me miró como hace mucho no lo hacía, como a punto de regañarme. No quiero que comas nada que encuentres dentro de esta casa. Ni un pan debajo del sillón, ni queso debajo de la estufa ni galletas en las escaleras. Todo es una trampa.

Luego me habló de lo valiente que era mi padre y de aquella vez que enfrentó a Viernes. Es una anécdota que yo ya sabía pues él se había convertido en leyenda y estaba en boca de todos. Dicen que el gato lo encontró rasgando un empaque de papel higiénico dentro de un baño. Mi papá, en vez de correr espantado al ver su presencia, como cualquier otra rata lo hubiera hecho, le enfrentó y lo corrió y le dijo que si lo volvía a ver cerca de nosotros, su familia, lo iba a matar. Viernes se le acercó despacio y altanero. Tu a mi no me dices que hacer. Te mataré a ti y a todos los tuyos. Mi papá saltó sobre la cara del felino, le mordió un párpado y brincó para evitar el zarpazo que Viernes le había dirigido. Dicen, los que lo vieron, que mi padre cayó en sus cuatro patas y sin perder coraje le volvió a advertir: Si te vuelvo a ver cerca de mi familia, te mato. Es la segunda vez que te lo digo. Viernes retrocedió y se marchó

Disfruté mucho la anécdota. Aunque estábamos a oscuras, yo sabía, por el tono de sus palabras, que mi madre sonreía al acordarse de esos días. Me platicó que siempre fuimos enemigos de las cucarachas. Que son una plaga. Que entre todos los bichos y roedores, son las que dan más asco. Que la buena relación que teníamos con los grillos se rompió hace años cuando mi madre, en un ataque de hambre, se comió a la mitad de ellos. Que, del otro lado de la casa, debajo de los baños principales, viven mis primos. Ya solo quedan cuatro. Viernes ha acabado con la mayoría de nosotros. Le pregunté qué había pasado con mi papá. Cerró los ojos, como evitando que de la oscuridad de sus recuerdos la jalara otra liga invisible. Me dijo que andaba en algún lugar de la casa, escondiéndose del terror de la vergüenza. Que lo han visto merodeando por la cochera entre llantas y thiner. Que también estaba viejo y que ella lo extrañaba con toda el alma. Un relámpago iluminó nuestras caras. Un trueno hizo temblar la gota al borde de uno de sus ojos y la lluvia cayó. El agua comenzó a navegar entre nuestras patas y nos quedamos en silencio. A las ratas también nos da miedo la oscuridad y los relámpagos. El sonido de la lluvia ya no era más afuera que adentro. Goteras y riachuelos hacían su propio ruido. Mi madre, como pudo, se puso de pie. Le duelen mucho las patas traseras y ya no tiene dientes. Es muy lenta y ya solo come bichos que le quedan cerca. Nos comenzamos a inundar. Si no salíamos del hoyo moriríamos ahogados. Mi madre, de nuevo como pudo, corrió a la salida y yo la seguí. Un trueno iluminó la sala y le dije que me siguiera. Teníamos que encontrar un lugar libre de agua. Fui a las escaleras, brinqué el primer escalón, volteé para ayudar a mi madre a subir conmigo y otro relámpago iluminó a Viernes caminando hacia mi. De su hocico colgaba ella, sin vida. Parecía tener un pacto con el diablo pues, cada que daba un paso hacia mi, un relámpago iluminaba su rostro.

Mi madre había muerto. Ella que me cuidó toda la vida. Que, cada que yo salía a buscar comida, rogaba a Dios para que me cuidara y no me pasara nada malo. Mi mamita. Viernes hizo que otro relámpago iluminara mi cara para disfrutar al verme llorando. Lástima que tu papá no está aquí para ver esto. Me hubiera encantado ver su cara mientras mastico a su esposa y a su hijo. Caminé hacia atrás y tropecé. El miedo me paralizó. Pensé en mi papá y en lo valiente que fue. Me puse de pie y pensé en que, si no lo iba a enfrentar, por lo menos no me iba a quedar sentado a esperar que me comiera. Subí rápido las escaleras. De reojo vi que escupió a mi madre, sonrió y se abalanzó a mi caza. Fui más rápido que él y logré llegar a un cuarto lleno de cajas, libros y muebles sin usar.

Me escondí fácilmente en la parte alta de una cortina. El sonido de la lluvia fue más bajo y en cuestión de minutos, las nubes se habían ido para permitir que la luna iluminara de nuevo a través de la ventana. Viernes no apareció. Dormí.

Me despertó un quejido de dolor. No era mío. Aún no amanecía. Provenía desde la esquina de la habitación. Bajé y el olor a muerte, ese del que hablaba mi madre, llegó a mi nariz. Seguí su rastro en el aire y lo encontré. Un pedazo de pan tostado al que alguien le untó una crema amarillezca. Y si, olía a muerte.

Lo pensé. Juro que lo pensé.

Mis hermanos muertos, mi mamá muerta. Mi papá, seguramente, también. Me quedaban mis primos pero a ellos ni los conocía. Claro que pasó por mi mente matarme en ese instante. Aunque doliera. Acerqué mi nariz al pan y, a pesar del olor de la muerte, recordé que tenía hambre. Y abrí la boca un poquito y una voz me detuvo. Hijo. El hambre desapareció y me paré vertical. Volteé a mi derecha y ahí estaba. Acostado bocabajo sobre una tabla y con las patas traseras prensadas a ella. Las manos de sus patas delanteras ya no existían. Al haber estado tanto tiempo atrapado y al no tener alimento cerca, se las había comido el mismo.

Me acerqué con la intensión de levantar aquel fierro que prensaba sus patas. Me detuvo. Me dijo que sería doloroso e inútil, que el daño estaba hecho. Comenzó a llorar y a balbucear y a pedirme perdón y a preguntarme por mi mamá. Pensé en mentirle pero, si ya estaba a punto de morir, merecía la verdad. Le dije que Viernes acababa de matarla y lloró más. Hizo un escándalo. Le pedí que se calmara pues iba a llamar la atención de aquel gato.

Dicho y hecho. La luz de la luna iluminó a Viernes entrando a la habitación. Nos vio enseguida. Sonrió como demente y sus colmillos brillaron como perlas. ¡Pero que sorpresa! Papá e hijo. Al parecer mi fantasía está por cumplirse. Tú, rata insolente y vieja, verás cómo devoro a tu hijo. Por cierto, tu esposa sabía muy bien. Mi papá puso los muñones en su rostro para retener las lágrimas que aún le quedaban. Tranquilo papá, no puede llegar hasta aquí. Era cierto, estábamos en la esquina de la habitación desde la que salió el quejido que escuché cuando dormía en la cortina. Viernes se sentó a esperar. Sabía que no podíamos estar ahí por siempre. Mi papá se desmayó. Preferí que hubiera muerto. No podíamos salir vivos de ahí.

Tomé el pan tostado, partí un cachito y lo solté frente a la nariz de mi papá. No sé si fue el aroma del pan o el olor de la muerte, pero despertó enseguida. Los ojos le saltaron de la emoción. No había comido nada en días. Lo acercó a su hocico con el pedazo de carne que tenía en su muñeca y me miró. Con un ojo lo hacía con tristeza, porque sabía que el veneno lo retorcería en unos minutos. Con el otro me miró con agradecimiento, porque sabía que por fin iba a poder descansar. Miró el pedazo de pan y lo mordió con la intención de disfrutarlo.

Me acosté junto a él para reconfortarlo en cuanto llegaran los dolores, pero se durmió. Ni se despidió ni nada. Solo se murió.

Me puse en cuatro patas y caminé hacia el resto del pan. Viernes ya dormía. Podría correr y con un poco de suerte, escapar de la habitación. Pero ¿Para qué? ¿Seguir vivo? ¿Seguir en esta existencia macabra donde para vivir hay que matar? ¿Qué mente tan retorcida puso estas reglas? Viernes, por su naturaleza, me seguiría buscando. A mí y a mis primos. Algún día lo lograría y sería feliz. Yo no soy tan valiente como mi papá.

Tomé el pan y me acerqué a Viernes con cuidado de no despertarlo. En un movimiento rápido devoré lo más que pude. El sonido de mis dientes y mordidas crujientes despertaron al gato, brincó y cayó en cuatro patas frente a mí. Me di prisa, me enfoqué en lamer directo el veneno. Lanzó un golpe preciso que me tumbó de inmediato.

Caí mareado y, aunque hubiera podido, no me quise parar. Sus pupilas verticales cortaban al mirarme y la saliva cayó de su hocico mojando mi panza. Perdón, es que se me hace agua la boca. Encajó un colmillo en mi costado y el dolor que sufrí me dio esperanzas pues supe que no fue causado al ser atravesado por esa perla puntiaguda. Otra mordida en mi cuello y aún alcancé a escuchar el tronar mis huesos. Así que a esto huele la muerte. Dibujé una sonrisa que Viernes no vio y cerré los ojos esperando que el veneno que llevaba dentro, también le causara efecto.

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