Cuando era pequeño, antes del divorcio, mi papá llegó cansado a casa. Mi madre cocinaba algo con buen aroma mientras él se dejó caer en el sillón. Me le trepé con la alegría del niño que no ha visto a su padre en todo el día. Cerró los ojos. No se movió por varios minutos. Le grité a mi mamá para avisarle que mi papá había muerto. Ella sonrío y me dijo que estaba jugando. Volteé entonces a verlo. Le pedí con voz bajita que abriera sus ojos, que no bromeara, que respirara, pero no se movía. Le grité de nuevo a mi madre, lloré y lo golpeé hasta que lo reviví. Se carcajeó y me abrazó. Él solo deseaba descansar la vista.
Años después, conocí a Isabel.
Un día, cuando ya éramos novios, caminábamos en un parque. Sin querer pisé una hilera de hormigas que cargaban hojas amarillas que habían mordisqueado de algún árbol. Me regañó ¡Son seres vivos! Pedí disculpas (no a las hormigas, sino a ella). Volteé al suelo y vi que si me había echado a unas quince de ellas. Las sobrevivientes corrían despavoridas. Supongo también gritaban. Lejos y quedito para mis oídos, pero gritaban. Haz hecho que pierdan el camino, me dijo. Tardarán poco en organizarse de nuevo, pero ten más cuidado de donde pisas para la próxima. Si supiera que de niño jugaba con mi vecino a patear hormigueros, a brincar encima de ellas y a seguirlas con una lupa para achicharrarlas con la luz del sol.
Nos casamos tres años después. Todos los domingos jugábamos al maniquí. Me despertaba dándome dos empujones con su rodilla. Yo abría los ojos para encontrarla tiesa, aguantándose la risa. Le picaba con mis dedos su panza, apretaba sus cachetes, estiraba sus orejas, pellizcaba sus pezones y ella, quieta. Se quería reír pero se aguantaba. Ya cuando de plano no lograba desconcentrarla, usaba técnicas más radicales como mojar mi dedo con saliva y meterlo en una de sus orejas. Con eso lograba, por lo menos, hacer que su cara forzara una mueca. Luego tapaba su nariz con mis dedos. A ver mi maniquí, veamos cuanto aguantas sin respirar. Nomás abría poquito su boca para agarrar aire y seguir en su papel. Cuando de plano los dos queríamos terminar con el juego, mis labios se acercaban a los suyos causando cosquillas con mis bigotes. Solo así abría los ojos.
A los siete años de casados compré en el metro una revista sobre astronomía. La leí camino a casa. Isabel me esperaba para cenar. Mientras iba y venía, trayendo del comal a la mesa tortillas calientes, le conté lo fascinado que estaba con los artículos que había leído en la revista. Le platiqué la cantidad de años que habían pasado desde el Big Bang hasta ahora, las distancias entre planetas y los tamaños que logran algunas estrellas. Entonces me dijo ¿Te has puesto a pensar que, de toda la materia que existe en el universo, todas las partículas que salieron disparadas de esa explosión, cada pedazo de este planeta, cada molécula de tu cuerpo y del mío estuvieron presentes en ese momento? Eso significa que tú y yo (por lo menos, en forma de partículas) siempre estuvimos cerca. Esa noche dormimos tarde y nos prometimos nunca morir.
Llegaron los paramédicos. Si no me mató un accidente de carretera, menos lo hará un cigarro. El joven que manejaba detrás de mí, el que llamó a la ambulancia, el que me ayudó a salir del auto, me abrazaba de lado. Entendió mi comentario un poco tarde, apartó su brazo y sacó una cajetilla de su pantalón. Me acercó los cigarros viéndome, como mira una madre a su hijo después de tropezar, esperando el momento en el que rompiera en llanto.
Apestaba a alcohol, no él sino yo. Me invitó a tomar asiento pero mis rodillas no se doblaban. Di una bocanada. Juro que el humo jamás salió de mi cuerpo.
Al verla ahí, a un metro de mí, tirada junto al coche abollado, tiesa como un maniquí, tuve el tonto impulso de picarle la panza a ver si se dejaba de bromas. Gotitas de sangre salían de su boca. No respiraba. Quise gritarle a mi mamá y decirle que mi esposa estaba muerta. Que me dijera tranquilamente que solo estaba descansando un poco la vista. Me dio pena pensar que esas cosas del Big Bang ya no eran tan tiernas. Que un accidente en carretera es igual de destructivo que una explosión de estrellas.
¿Dónde están ahora esas hormigas que no maté cuando era niño? ¿Porque no vienen a quitarle a Isabel, la mujer que las defendió de mí, las ramas y hojas secas enredadas en su pelo?
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